viernes, 4 de julio de 2014

No era penal

¿Por qué importa más el robo de un penal que el robo de un país?

Fácil. En el fútbol se ven reflejados los instintos primitivos de defender el territorio, pertenencia a grupos (tribus) por medio del instinto básico de agresión: “Hay que meter el balón en la portería del contrario”, es decir, hay que irrumpir en su territorio. Es una metáfora muy condensada de lo que sucede en una guerra para aplacar el instinto que subyace en una sociedad “civilizada” que no puede dejar de lado sus raíces antropológicas de guerra (instinto de tanatos). Por lo tanto un “robo” cometido dentro del juego es algo que ataca directamente al yo, porque previamente se ha formado un lazo de identidad con el equipo. El equipo es una figura que representa al país, por lo tanto existe una vinculación directa entre lo que le pasa al equipo y lo que siente el individuo, aunque en el fondo se trate meramente de un juego, una representación, una metáfora. Es por esta protección metafórica que el individuo se siente capaz de responder ante las agresiones, ya que estás respuestas de agresividad (“¡eh puto!”) no tienen consecuencias sino en ese universo paralelo que se ha formado en el juego. Lo eximen de consecuencias y por lo tanto hacen más fácil la presencia de reacciones que no se tienen en la vida real ante situaciones realmente graves como el abuso de poder, los secuestros, la desigualdad social, la corrupción, etcétera. Situaciones que se sitúan en el plano de la vida real del individuo y que además son puestas casi siempre en tercera persona. “La sociedad está muy mal”, “el país va de mal en peor”, “la gente no reacciona”. Ante estas situaciones de agresión real, el individuo ya no se siente parte del equipo, porque la respuesta ante ellas implica cambios verdaderos en su sistema de vida (no transitorios como en el deporte), por lo que mentalmente se deslinda de ellos.
En resumen, el individuo es capaz de reaccionar estruendosamente ante situaciones fingidas ya que esto no compromete su comodidad psíquica y además, estas situaciones aparentemente estresantes le sirven de fuga a sus instintos básicos de destrucción que no son aceptables en la sociedad civilizada. No se puede esperar una respuesta igual de enérgica ante situaciones políticas ya que estas se vuelven más concientizadas por lo que el individuo puede emitir un juicio, racionalizar y deslindarse de toda responsabilidad para preservar su homeostasis interna.


No era penal mexicanos….

viernes, 9 de mayo de 2014

Hipsters, hippies y comida en lata

Las redes sociales se han vuelto una tela de araña en la que se va desarrollando una vida en paralelo, sus creadores han hecho posible el deseo de todo niño de poseer un alter ego, un personaje fantástico que llene los estatutos de “super yo” sin morir en el intento, por medio del cual se puede relacionar con las personas que forman su círculo social, desde el compañero de la primaria del que no hubiéramos recordado ni el nombre si Facebook no nos los hubiera “sugerido” hasta la tía que hemos visto dos veces en la vida y que no hace más que publicar reportes climatológicos caseros.
Dentro de este mundo cibernético alterno, ya predicho por varios libros de ciencia ficción, se han originado una serie de tribus urbanas del nuevo siglo que no son otra cosa más que la repetición de generaciones anteriores. Si hacemos un poco de memoria, después de la ola intelectual, el feminismo, el nihilismo, el existencialismo, el surrealismo y en general los intelectuales de café surgieron como una respuesta lógica esos seres adoradores del estetismo sin contenido guiados por el espíritu del amor, es decir de los sentimientos que vinieron a ser los hijos rebeldes de los intelectuales que con su amor por la naturaleza, el sexo libre y las drogas alucinógenas, quisieron tender una alfombra de flores encima de un mundo a punto de estallar. Y aunque la memoria falle y evoquemos a los hippies como una rubia con el cabello hasta la cintura enfundada en una túnica blanca trayendo “amor y paz”, tenemos que recordar que el final de ese cuento de Disney tuvo mucho que ver con el SIDA y otras calamidades.
Ahora tenemos una respuesta social muy similar en esos personajes amantes del moustache y los lentes de pasta, que vuelven a desempolvar las latas vacías de Warhol con su adoración de la forma por encima del fondo, nacidos en el epicentro del consumismo, bebedores incansables de sirenitas y mordedores de manzanas a cambio de una falsa idea de identidad propia, misma que se repite a molde en cada sombrero, vestido y bicicleta “vintage”. Serían por demás inofensivos si no representaran la pesadilla de ver mujeres usando bolsas con portadas de libros que no leerán nunca, androginia generalizada como una especie de indiferencia a la vida, una falta de respuesta total, una nueva alfombra ahora en forma de filtros de instagram ante un inminente y nuevo fin del mundo como lo conocemos.
Me recorre un escalofrío pensar en esa evasión generalizada de la realidad, tantas personas eligiendo tomar la pastilla azul (cualquier parecido con el color de las redes sociales es mera coincidencia). La adoración de la estética aun cuando estamos en un mundo en decadencia, la evasión del pensamiento, las nuevas religiones pintadas de espiritualismo que la gente “moderna” encuentra en los libros de autoayuda, con las mismas promesas de obtener todo sin esfuerzo que ya estaban empolvadas en las biblias de los moteles de paso. La vida fácil, la comida y la filosofía precocidas listas para meter al horno y hacernos pensar que nos estamos nutriendo. En palabras de Nietzsche “los que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”, la repetición infinita de la historia que nos sigue conduciendo a los mismos sitios, es decir. A ninguna parte.


Alexandra C.

Sólo los hombres idiotas prefieren a las mujeres cabronas

Nunca he leído el libro parodiado en cuestión, pero tampoco hacen falta más de dos dedos de frente para darse cuenta de que se trata de la clásica lectura hecha para mujeres desesperadas que están atravesando por una separación amorosa, o que simplemente no pueden encontrar pareja.

Por los comentarios aleatorios que he viste en algunas redes sociales y por la capacidad deductiva que otorga el contacto con los libros,  podría atreverme a deducir que el término “cabrona” es utilizado para algo así como “las mujeres independientes que no necesitan a un hombre en sus vidas y son completamente auto suficientes y súper mujeres y libres y felices y dueñas del mundo y etc.” Lo risible del asunto es que de sólo leer el título uno puede enterarse que una mujer de tales cualidades en realidad no estaría muy interesada en saber por qué los hombres aman a tal o cual tipo de mujer.

Las que sí están interesadas en ello son la cantidad de lectoras que tienen ese tipo de publicaciones que tienen el sencillísimo truco de marketing que consiste en venderte lo que quieres escuchar haciéndote creer que estas comprando lo opuesto. Es decir, son recetas de cocina que logran decirte durante la media hora que le dediques lo grandiosa y fuerte que eres cuando en realidad sabes que estás comprando esa “literatura” de baño porqué tienes un problema de autoestima. Se pasan diciéndote en cada página que los hombres son manipulables, bobos e incluso innecesarios, cuando evidentemente tienes ese libro en tus manos porque quieres convertirte en un prototipo de mujer más apetecible para el sexo opuesto.

El problema está en que como todo mal social, la cosa se extiende hasta generalizarse, y uno puede ver en cualquier lugar (o publicación en redes sociales). Mujeres infantiles buscando hombres inmaduros, porqué eso de autonombrarse “cabronas” solo evidencia dos cosas: la primera que nunca han leído a Paz y su explicación de lo de “hijos de la chingada” (dónde también viene un apartado para los “hijos de puta”). Y la segunda es que el inconsciente habla más alto de lo que lo hace nuestra voz. ¿Cuánta inseguridad existe detrás de alguien que necesita utilizar una palabra altisonante para autocalificarse a sí misma? (además de un pobrísimo vocabulario) y ¿qué tipo de persona podría realmente involucrarse sentimentalmente con ella? ¿Qué tipo de relación patológica van a generar? Y lo peor de todo ¿qué tipo de hijos van a dejarle como legado al mundo?

En un mundo en el que las mujeres se autonombran feministas e independientes desde sus fotos de perfil en dónde la única profundidad que muestran es la del escote. En el que juramos habernos convertido en una civilizada sociedad con equidad de género pero aun encontramos juegos de sartenes en oferta por el día de las madres, y en dónde las niñas de secundaria saben más de maquillaje que de matemáticas, es cierto que abundan las mujeres cabronas, o sería mejor decir encabronadas con la vida en una búsqueda desesperada de la identidad por medio de la búsqueda de la pareja. Y también es cierto que sólo un hombre muy idiota podría elegir estar con una persona llena de miedos e inseguridades que inevitablemente terminarán proyectándose sobre él.

Los hombres inteligentes y las mujeres inteligentes se aman entre sí.
El resto no necesita mucha explicación…


;) –Alexandra C.-

¿A-zulado o A-tulado?



Azulado “Ningún otro color conoce esta forma lingüística. “La muerte tiernamente azulada como el no-ser.” (El libro de la risa y el olvido. Milan Kundera).

En desayuno en Tiffany’s Audrey Hepburn intenta disuadirnos de eso e introducir la nueva terminología de “the reds” para nombrar esos días con estado de ánimo melancólico que no pueden encasillarse en los clásicos “blues”. Sin embargo su intento fue rápidamente olvidado ya que estos “azules” dieron un paso más allá para abarcar también un significado musical. La música que surge a partir de éste concepto representa ampliamente el significad de esta asociación del color, y es verdad que con ningún otro tono se ha conseguido alcanzar este polisignificado en los sentidos que le conceden al color azul un lugar entre las metáforas más ampliamente explotadas.

En el español sin embargo no solemos utilizar esa terminología para el azul, en cambio sí podemos decir que la puesta del sol es “anaranjada”, también decimos que hemos enrojecido o que los campos están enverdeciéndose sin trascender por ello más allá del adjetivo descriptivo puro ni aportar mayor significado emocional, ya que nos mantenemos dentro de los límites del sentido de la vista, es una relación lineal que no puede tener un verdadero sentido poético.


¿En qué consiste entonces esta adopción del color como metáfora?, que además se trata de una metáfora bastante paradójica, ya que un cielo azul despejado o un mar del mismo tono limpio deberían representar un estado de ánimo contrario al que nos produce esta asociación. Podríamos pensar que se trata entonces de una asociación con la inmensidad que nos recuerda nuestra angustiante finitud, esto sin embargo, es ir un poco demasiado lejos. Tal vez la idea de la poesía (ya que ¿de qué está hecha la poesía si no es de metáforas?). Es precisamente la de contener dentro de sí el significado del inconsciente propio o colectivo, encapsulado dentro de las palabras. Como quién guarda una rosa dentro de una caja de cristal. Que nos permite su admiración y evocación lejos de tocar sus espinas 

domingo, 16 de febrero de 2014

Cosas que me hacen querer tomar café




Las campanas, el viento, las madrugadas, el caer de la tarde, las nubes anaranjadas, el invierno, el calor del verano, el amor, los corazones rotos, los libros, (sobre todo los buenos libros), estudiar, una caminata, el otoño, la ciudad vista desde un mirador, la ciudad vista desde un parque, los besos, la música de Joaquín Sabina y en general la trova, los domingos por la mañana, los domingos por la tarde, las hojas de papel en blanco, pensar en ti, intentar olvidarte, hablar contigo, llorar, reír, mis amigos, las exposiciones de arte, el teatro, las compras, los vestidos con flores, las rosas rojas, la lluvia, el insomnio, el hambre, las tres de la tarde, las guitarras, los violines, la catedral, las calles empedradas, las universidades, las conversaciones largas, los silencios cortos, el calor (como para un latte en las rocas), o la nieve (como para un latte bien caliente), el olor del pan recién hecho o el pan recién tostado, las frutas, los poemas, las noches de romance y las de amigas, esperarte, sobre todo esperarte frente a la ventana, los cuentos, las risas, el llanto de las funerarias, los hospitales, las carreteras, los viajes de madrugada, los aeropuertos, las estaciones del tren, los ancianos sentados en las bancas de los parques, los niños comiendo helado, las bodas, los besos y los versos, Jorge Drexler y Jorge Luis Borges, la tristeza, la desesperanza, el olvido aunque no exista, las hojas secas en el piso y los arboles cuando florecen, el viento fresco de una noche de verano, los museos, los destapacorchos, las revistas, el periódico por supuesto, la familia, las venas con cortinas bonitas, la luz cálida de una habitación por la noche, los libreros, las librerías, y las bibliotecas (aunque no permitan tomarlo ahí dentro), los cafés (aunque suene redundante) y los restaurantes con mesitas al aire libre, la retórica, la filosofía, la historia y las matemáticas, las clases que uno toma por las tardes o las que se dan muy temprano por la mañana, el despertar y el no querer dormir, las reuniones de sábados por la tarde y las películas de arte, los edificios coloniales, mi casa, el sofá de mi madre donde siempre me quedo dormida. Todo lo que tenga que ver contigo en general, y escribir… sobre todo escribir esto acompañada de una taza de humeante café.

Alexandra C.

El precio de todo y el valor de la nada



Quién diga honestamente que el dinero no compra la felicidad tiene un grave problema de depresión. Desde la biblia hasta el más actual discurso político hemos escuchado doctrinas acerca de “el valor de la pobreza”. Lo más llamativo de estos principios es que por regla general suelen ser declamados por personas que ganan bastante dinero por decirlo (y si alguien quiere mencionar en éste punto a la madre Teresa de Calcuta creo que basta echarle un ojo a las arcas del vaticano antes de atreverse a hablar). Parece que desde el nacimiento, los medios educadores con los que crecemos tienen por objeto hacernos creer en la belleza de la pobreza, la mediocridad y todo aquello que nos haga sentir mejor por nuestras vidas simplonas y monótonas. Nos han ofrecido el botín de la vida eterna a cambio de una vida de sacrificio y dolor en nuestra vida terrenal. 

Lo cierto es que hasta ahora nadie ha vuelto de allá para contarnos que tal les va en el paraíso con los unicornios, los arcoíris y las palomitas blancas revoloteando y mientras tanto, nos encontramos viviendo en ciudades más pobres, pobladas de gente cada vez menos productiva que no hace sino extender la mano al gobierno, (como quién reza un padre nuestro) y se dedica a parasitar de la producción resultado del trabajo e impuestos pagados por la clase media. 

La reacción de nuestra era ante esa oleada depresiva que parece hundirnos tiene algunas variantes. Desde el ama de casa que se refugia en la novela de las ocho. El oficinista que se distrae con la televisión de paga o el adolescente idealista que se dedica a hacer campañas para cambiar el mundo desde el anonimato de su laptop. Los más agraciados abren un libro de vez en cuando, y así nos convertimos todos en asesinos del tiempo. Muerte comunal de la vida.

Toda persona tiene ese punto existencialista de preguntarse ¿Para qué estamos aquí? Y luego sumirse en la más terrible de las reflexiones que nos llevan siempre a cerrar de tajo la puerta de esas preguntas sin respuesta. Y es que la contraparte de esa educación para la mediocridad son las pastillas de esperanza que recibimos de tiempo en tiempo que nos hacen creer que existe la felicidad destinada para algunos cuantos, para esos que nacieron para ser grandes, admirados, santos o conductores de televisión.
Resulta increíble que nos olvidemos del concepto más simple y puro de todos. Ese que se han empeñado a abolir por todos los medios. Lo único que importa es el presente, lo único que poseemos es el aquí y el ahora. El yo es el único pronombre que deberíamos conjugar en la búsqueda de la felicidad. La felicidad tiene tantas caras como individuos existen en el mundo.  Y nos guste o no, estamos por tiempo indefinido en éste planeta en el cual existe una moneda de cambio por medio de la cual intercambiamos el producto de nuestro trabajo con el de los demás. Y ¿saben qué? Se requiere dinero para el boleto de avión que nos permite ir a conocer el mar por primera vez. Los granos de café con los que organizamos una tarde de amigas tienen precio. El pastel de cumpleaños para su hermana también viene con código de barras, el vino con el que brindaron en esa noche que no olvidaremos nunca no fue gratuito. Y  aunque ninguno de estos objetos podría hacernos felices por sí mismo, son el reflejo de la facultad  que tenemos para alcanzar a pagar con nuestro trabajo por el trabajo de nuestro prójimo y a través de ellos coleccionar momentos que hacen nuestra historia, que nos hacen quienes somos. Los libros, la universidad, los boletos de cine, el jugo de naranja, la copia del Van Gogh en la pared, las entradas de teatro para la obra que nos cambió la vida, el bolígrafo para escribir esa nota de amor que lo hizo sonreír por la mañana. Todo fue creado por alguien, todo es fruto del trabajo de alguien más. Son las pequeñas cosas las que constituyen  nuestras vidas. Son las banalidades las que hacen que valga la pena vivir. Y aunque indudablemente las shopaholics que se van de compras compulsivas no van a obtener la felicidad por ese medio. El que vive negando la naturaleza humana del comercio tampoco lo hará

Alexandra C.