Las redes sociales se han vuelto una tela de araña en la que
se va desarrollando una vida en paralelo, sus creadores han hecho posible el
deseo de todo niño de poseer un alter ego, un personaje fantástico que llene
los estatutos de “super yo” sin morir en el intento, por medio del cual se
puede relacionar con las personas que forman su círculo social, desde el
compañero de la primaria del que no hubiéramos recordado ni el nombre si
Facebook no nos los hubiera “sugerido” hasta la tía que hemos visto dos veces
en la vida y que no hace más que publicar reportes climatológicos caseros.
Dentro de este mundo cibernético alterno, ya predicho por
varios libros de ciencia ficción, se han originado una serie de tribus urbanas
del nuevo siglo que no son otra cosa más que la repetición de generaciones
anteriores. Si hacemos un poco de memoria, después de la ola intelectual, el
feminismo, el nihilismo, el existencialismo, el surrealismo y en general los
intelectuales de café surgieron como una respuesta lógica esos seres adoradores
del estetismo sin contenido guiados por el espíritu del amor, es decir de los
sentimientos que vinieron a ser los hijos rebeldes de los intelectuales que con
su amor por la naturaleza, el sexo libre y las drogas alucinógenas, quisieron
tender una alfombra de flores encima de un mundo a punto de estallar. Y aunque
la memoria falle y evoquemos a los hippies como una rubia con el cabello hasta
la cintura enfundada en una túnica blanca trayendo “amor y paz”, tenemos que
recordar que el final de ese cuento de Disney tuvo mucho que ver con el SIDA y
otras calamidades.
Ahora tenemos una respuesta social muy similar en esos
personajes amantes del moustache y los lentes de pasta, que vuelven a
desempolvar las latas vacías de Warhol con su adoración de la forma por encima
del fondo, nacidos en el epicentro del consumismo, bebedores incansables de
sirenitas y mordedores de manzanas a cambio de una falsa idea de identidad
propia, misma que se repite a molde en cada sombrero, vestido y bicicleta
“vintage”. Serían por demás inofensivos si no representaran la pesadilla de ver
mujeres usando bolsas con portadas de libros que no leerán nunca, androginia
generalizada como una especie de indiferencia a la vida, una falta de respuesta
total, una nueva alfombra ahora en forma de filtros de instagram ante un
inminente y nuevo fin del mundo como lo conocemos.
Me recorre un escalofrío pensar en esa evasión generalizada
de la realidad, tantas personas eligiendo tomar la pastilla azul (cualquier
parecido con el color de las redes sociales es mera coincidencia). La adoración
de la estética aun cuando estamos en un mundo en decadencia, la evasión del
pensamiento, las nuevas religiones pintadas de espiritualismo que la gente
“moderna” encuentra en los libros de autoayuda, con las mismas promesas de
obtener todo sin esfuerzo que ya estaban empolvadas en las biblias de los
moteles de paso. La vida fácil, la comida y la filosofía precocidas listas para
meter al horno y hacernos pensar que nos estamos nutriendo. En palabras de
Nietzsche “los que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”, la
repetición infinita de la historia que nos sigue conduciendo a los mismos
sitios, es decir. A ninguna parte.
Alexandra C.

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