Quién diga honestamente que el
dinero no compra la felicidad tiene un grave problema de depresión. Desde la
biblia hasta el más actual discurso político hemos escuchado doctrinas acerca
de “el valor de la pobreza”. Lo más llamativo de estos principios es que por
regla general suelen ser declamados por personas que ganan bastante dinero por
decirlo (y si alguien quiere mencionar en éste punto a la madre Teresa de
Calcuta creo que basta echarle un ojo a las arcas del vaticano antes de
atreverse a hablar). Parece que desde el nacimiento, los medios educadores con
los que crecemos tienen por objeto hacernos creer en la belleza de la pobreza,
la mediocridad y todo aquello que nos haga sentir mejor por nuestras vidas
simplonas y monótonas. Nos han ofrecido el botín de la vida eterna a cambio de
una vida de sacrificio y dolor en nuestra vida terrenal.
Lo cierto es que hasta ahora
nadie ha vuelto de allá para contarnos que tal les va en el paraíso con los
unicornios, los arcoíris y las palomitas blancas revoloteando y mientras tanto,
nos encontramos viviendo en ciudades más pobres, pobladas de gente cada vez
menos productiva que no hace sino extender la mano al gobierno, (como quién
reza un padre nuestro) y se dedica a parasitar de la producción resultado del
trabajo e impuestos pagados por la clase media.
La reacción de nuestra era ante
esa oleada depresiva que parece hundirnos tiene algunas variantes. Desde el ama
de casa que se refugia en la novela de las ocho. El oficinista que se distrae
con la televisión de paga o el adolescente idealista que se dedica a hacer
campañas para cambiar el mundo desde el anonimato de su laptop. Los más
agraciados abren un libro de vez en cuando, y así nos convertimos todos en
asesinos del tiempo. Muerte comunal de la vida.
Toda persona tiene ese punto
existencialista de preguntarse ¿Para qué estamos aquí? Y luego sumirse en la
más terrible de las reflexiones que nos llevan siempre a cerrar de tajo la
puerta de esas preguntas sin respuesta. Y es que la contraparte de esa
educación para la mediocridad son las pastillas de esperanza que recibimos de
tiempo en tiempo que nos hacen creer que existe la felicidad destinada para
algunos cuantos, para esos que nacieron para ser grandes, admirados, santos o
conductores de televisión.
Resulta increíble que nos
olvidemos del concepto más simple y puro de todos. Ese que se han empeñado a
abolir por todos los medios. Lo único que importa es el presente, lo único que
poseemos es el aquí y el ahora. El yo es el único pronombre que deberíamos
conjugar en la búsqueda de la felicidad. La felicidad tiene tantas caras como
individuos existen en el mundo. Y nos
guste o no, estamos por tiempo indefinido en éste planeta en el cual existe una
moneda de cambio por medio de la cual intercambiamos el producto de nuestro
trabajo con el de los demás. Y ¿saben qué? Se requiere dinero para el boleto de
avión que nos permite ir a conocer el mar por primera vez. Los granos de café
con los que organizamos una tarde de amigas tienen precio. El pastel de
cumpleaños para su hermana también viene con código de barras, el vino con el
que brindaron en esa noche que no olvidaremos nunca no fue gratuito. Y aunque ninguno de estos objetos podría hacernos
felices por sí mismo, son el reflejo de la facultad que tenemos para alcanzar a pagar con nuestro
trabajo por el trabajo de nuestro prójimo y a través de ellos coleccionar
momentos que hacen nuestra historia, que nos hacen quienes somos. Los libros,
la universidad, los boletos de cine, el jugo de naranja, la copia del Van Gogh
en la pared, las entradas de teatro para la obra que nos cambió la vida, el
bolígrafo para escribir esa nota de amor que lo hizo sonreír por la mañana.
Todo fue creado por alguien, todo es fruto del trabajo de alguien más. Son las
pequeñas cosas las que constituyen
nuestras vidas. Son las banalidades las que hacen que valga la pena
vivir. Y aunque indudablemente las shopaholics que se van de compras
compulsivas no van a obtener la felicidad por ese medio. El que vive negando la
naturaleza humana del comercio tampoco lo hará
Alexandra C.
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