domingo, 16 de febrero de 2014

Cosas que me hacen querer tomar café




Las campanas, el viento, las madrugadas, el caer de la tarde, las nubes anaranjadas, el invierno, el calor del verano, el amor, los corazones rotos, los libros, (sobre todo los buenos libros), estudiar, una caminata, el otoño, la ciudad vista desde un mirador, la ciudad vista desde un parque, los besos, la música de Joaquín Sabina y en general la trova, los domingos por la mañana, los domingos por la tarde, las hojas de papel en blanco, pensar en ti, intentar olvidarte, hablar contigo, llorar, reír, mis amigos, las exposiciones de arte, el teatro, las compras, los vestidos con flores, las rosas rojas, la lluvia, el insomnio, el hambre, las tres de la tarde, las guitarras, los violines, la catedral, las calles empedradas, las universidades, las conversaciones largas, los silencios cortos, el calor (como para un latte en las rocas), o la nieve (como para un latte bien caliente), el olor del pan recién hecho o el pan recién tostado, las frutas, los poemas, las noches de romance y las de amigas, esperarte, sobre todo esperarte frente a la ventana, los cuentos, las risas, el llanto de las funerarias, los hospitales, las carreteras, los viajes de madrugada, los aeropuertos, las estaciones del tren, los ancianos sentados en las bancas de los parques, los niños comiendo helado, las bodas, los besos y los versos, Jorge Drexler y Jorge Luis Borges, la tristeza, la desesperanza, el olvido aunque no exista, las hojas secas en el piso y los arboles cuando florecen, el viento fresco de una noche de verano, los museos, los destapacorchos, las revistas, el periódico por supuesto, la familia, las venas con cortinas bonitas, la luz cálida de una habitación por la noche, los libreros, las librerías, y las bibliotecas (aunque no permitan tomarlo ahí dentro), los cafés (aunque suene redundante) y los restaurantes con mesitas al aire libre, la retórica, la filosofía, la historia y las matemáticas, las clases que uno toma por las tardes o las que se dan muy temprano por la mañana, el despertar y el no querer dormir, las reuniones de sábados por la tarde y las películas de arte, los edificios coloniales, mi casa, el sofá de mi madre donde siempre me quedo dormida. Todo lo que tenga que ver contigo en general, y escribir… sobre todo escribir esto acompañada de una taza de humeante café.

Alexandra C.

El precio de todo y el valor de la nada



Quién diga honestamente que el dinero no compra la felicidad tiene un grave problema de depresión. Desde la biblia hasta el más actual discurso político hemos escuchado doctrinas acerca de “el valor de la pobreza”. Lo más llamativo de estos principios es que por regla general suelen ser declamados por personas que ganan bastante dinero por decirlo (y si alguien quiere mencionar en éste punto a la madre Teresa de Calcuta creo que basta echarle un ojo a las arcas del vaticano antes de atreverse a hablar). Parece que desde el nacimiento, los medios educadores con los que crecemos tienen por objeto hacernos creer en la belleza de la pobreza, la mediocridad y todo aquello que nos haga sentir mejor por nuestras vidas simplonas y monótonas. Nos han ofrecido el botín de la vida eterna a cambio de una vida de sacrificio y dolor en nuestra vida terrenal. 

Lo cierto es que hasta ahora nadie ha vuelto de allá para contarnos que tal les va en el paraíso con los unicornios, los arcoíris y las palomitas blancas revoloteando y mientras tanto, nos encontramos viviendo en ciudades más pobres, pobladas de gente cada vez menos productiva que no hace sino extender la mano al gobierno, (como quién reza un padre nuestro) y se dedica a parasitar de la producción resultado del trabajo e impuestos pagados por la clase media. 

La reacción de nuestra era ante esa oleada depresiva que parece hundirnos tiene algunas variantes. Desde el ama de casa que se refugia en la novela de las ocho. El oficinista que se distrae con la televisión de paga o el adolescente idealista que se dedica a hacer campañas para cambiar el mundo desde el anonimato de su laptop. Los más agraciados abren un libro de vez en cuando, y así nos convertimos todos en asesinos del tiempo. Muerte comunal de la vida.

Toda persona tiene ese punto existencialista de preguntarse ¿Para qué estamos aquí? Y luego sumirse en la más terrible de las reflexiones que nos llevan siempre a cerrar de tajo la puerta de esas preguntas sin respuesta. Y es que la contraparte de esa educación para la mediocridad son las pastillas de esperanza que recibimos de tiempo en tiempo que nos hacen creer que existe la felicidad destinada para algunos cuantos, para esos que nacieron para ser grandes, admirados, santos o conductores de televisión.
Resulta increíble que nos olvidemos del concepto más simple y puro de todos. Ese que se han empeñado a abolir por todos los medios. Lo único que importa es el presente, lo único que poseemos es el aquí y el ahora. El yo es el único pronombre que deberíamos conjugar en la búsqueda de la felicidad. La felicidad tiene tantas caras como individuos existen en el mundo.  Y nos guste o no, estamos por tiempo indefinido en éste planeta en el cual existe una moneda de cambio por medio de la cual intercambiamos el producto de nuestro trabajo con el de los demás. Y ¿saben qué? Se requiere dinero para el boleto de avión que nos permite ir a conocer el mar por primera vez. Los granos de café con los que organizamos una tarde de amigas tienen precio. El pastel de cumpleaños para su hermana también viene con código de barras, el vino con el que brindaron en esa noche que no olvidaremos nunca no fue gratuito. Y  aunque ninguno de estos objetos podría hacernos felices por sí mismo, son el reflejo de la facultad  que tenemos para alcanzar a pagar con nuestro trabajo por el trabajo de nuestro prójimo y a través de ellos coleccionar momentos que hacen nuestra historia, que nos hacen quienes somos. Los libros, la universidad, los boletos de cine, el jugo de naranja, la copia del Van Gogh en la pared, las entradas de teatro para la obra que nos cambió la vida, el bolígrafo para escribir esa nota de amor que lo hizo sonreír por la mañana. Todo fue creado por alguien, todo es fruto del trabajo de alguien más. Son las pequeñas cosas las que constituyen  nuestras vidas. Son las banalidades las que hacen que valga la pena vivir. Y aunque indudablemente las shopaholics que se van de compras compulsivas no van a obtener la felicidad por ese medio. El que vive negando la naturaleza humana del comercio tampoco lo hará

Alexandra C.